sábado, 25 de diciembre de 2010

HISTORIAS PARA NO DORMIR. Una de narrativa intimista.

LOS RELATOS DEL TITO JOSELFO
Bien, pues este es un relato que escribí (como casi todos) cuando no tenía más remedio que practicar con la máquina de escribir para prepararme las oposiciones (mira tú si hace años..)Y precisamente lo escribí estando en el campo, un día de verano mientras caía la tarde (blanco y en botella). Y lo cierto es que estaba a gustísimo en ese momento, sentado comodamente en el patio delantero de mi chalecito, con una temperatura de esas ricas, ricas que hacen cuando va cayendo la tarde y el calor parece darnos un poco de tregua...con los pies descalzos sobre el cálido suelo y viendo como se ponía el Sol...en fin, tela de a gustito...
Y total, que no se me ocurrió otra cosa mejor para inmortalizar tan delicioso momento y situación que pertreñar este relato...(lo sé, pero era esto o escribir una poesía...y no soy tan cabrón) así que ahí lo lanzo, para que viva en internet eternamente como sincero homenaje a tan agradables ratitos camperos.
Hale, que os aproveche.

-.MELANCOLÍA DE UNA NOCHE DE VERANO.- Menuda tarde tranquila que me estaba metiendo pal alma…no ni ná... Era como una especie de quietud, pero más que quietud era como tranquilidad. Y armonía, con el entorno y con todo lo que tenía a su alrededor, incluidos los pájaros, los mamíferos y los sartamontes.
Qué quietud más serena oye... pero a gusto que se estaba... allí con lo tranquilo que se estaba parece que a uno le daba como igual de todo. El embrujo de la tarde…la serenidad del momento…la magia del silencio…que no es que no hubiese ruidos, no me entendáis mal, allí sonaban los grillos, los pájaros, las aguas, los vientos en el árbol y en el aromo y todo lo que se puede escuchar cuando se está muy tranquilo en el campo de los pinos, en el chalé de uno.

Pero que bien que se estaba carailho, que no me canso de repetirlo…si es que daban ganas de no hacer nada, o de irse al pinar y luego venirse de él… Y se veía atardecer en una quietud apaciguada pero intensa, con el Sol colorao y sin tener que moverse uno de donde estaba pa verlo... oye, era una cosa digna de ver que le dejaba a uno como flojeras de a gusto, que parecía que era el último atardecer que iba a ver en su vida allí en su chalé con su gente, coño, que ni que lo fueran a prohibir..


La verdad es que en ese momento las cosas no parecían lo que eran... vaya, que no es que los árboles parecieran que no eran árboles, y los jaramagos parecieran que no eran jaramagos o las mosquiteras de las ventanas parecieran u aparentasen que no eran mosquiteras de las ventanas (que a esas particularmente sí que se les notaba) pero se veían como sombras largas, lánguidas y románticas, que a uno se le ponía la piel de gallina y se descubría a sí mismo llorando y cantando a Perales agarrado a una corteza que parecía una chicharra.
En ese momento el Pinar del Estado se transformaba en un Pinar del Estado mágico y bucólico y parecía que en cualquier momento iba a aparecer la mano de la Dama del Lago empuñando la sagrada Excálibur emergiendo del dique del Saltillo, el Pimpollá, mientras tronaban los acordes de “Carmina Burana” y los chiquillos se echaban carreras con las amotillos, las Puch Cóndor y las Borrasca de ir a los pájaros; y si uno se fijaba bien, los carriles que antes cogiera, y que llevaba toda la vida cogiendo para dar un paseo, para coger la bici, llevar la basura o cogé Josefitas, ya no parecían los mismos sino que parecían más bien otros, y uno terminaba mirando el reflejo de los brillantes luceros en el agua mientras, procurando no romper el embrujo de la noche, pasaba la barrendera de la piscina.


Y todo eso junto no era nada; si uno se atrevía a aventurarse en la melancólica oscuridad de la noche, bajo los tenues rayos de luz de luna que se desgajaban entre las ramas de los venerables y ancianos árboles, cargados hasta las trancas de nidos de procesionarias tóxico-urticantes a más no poder, y sin linterna, con la cegasa fundía, no se daba cuenta de que avanzaba y avanzaba y avanzaba hasta que, cuando se percataba uno, se había perdido y andaba ya por el quinto coño, pero todo muy romántico. Y aunque hacía frío (un frío glacial) era tan hermoso, apoteósico y atípico (que ya manda cojones un frío glacial en pleno agosto...) que le hacía pensar a uno en lo hermosa, melancólica y apoteósica que podía estar una persona con la cara apretá de frío, que cómo se come eso... Y se ponía a andar uno sobre la hierba y las hojas secas, oyendo el atento crujir de éstas bajo sus pies, húmedos del rocío de la noche, encharcándole las bambas y con la neblina y los búhos a punto de acostarse, que uno se acordaba de que se tenía que haber acostado a las diez o diez y pico como muy tarde si no se enreaba con alguna película... bueno, y eso si no se ponía a pensar en todo lo que tenía que hacer al día siguiente, que iba a estar reventao del paseito de los huevos. Y uno se volvía a casa cagándose en los muertos de la madre que parió peneque y que cómo le estaban poniendo los mosquitos que parece esto una ría oiga. Y en un último arranque de romanticismo campestre se acercaba, guiado por su bucólica curiosidad, a ver qué contenían esas extrañas bolsas que colgaban de los pinos y que se asemejaban a hermosos capullos de seda blanca, y después de meter la mano dentro, se le escapaban a uno dos lagrimones como dos peras de agua y se acordaba de aquella cosa llena de gusanos que le cayó encima el verano pasado cuando le dio un balonazo a un pino, y entonces a uno le entraba una mala ostia de cagarse, y que si por él fuera verías tú qué romántico que era, que menuda hoguera iba a hacer con una bucólica cerilla y un poco de melancólica gasolina... que no se iba a salvar ni la mierda de chalé de uno, que nada más que sirve para tener disgustos con los chiquillos; y que la Chusa, que se está poniendo muy golfa, se quiere ir a Valverde los fines de semana de pelotazo con sus amigotes, y uno partiéndose la espalda arrancado jaras, que lo único que hace el chalé de uno es criarlas, que parece que no tengan otro sitio en todo el pinar donde salir y que la tierra del chalé de uno es la mejor para eso; que no para el ciruelo hindú que le costó a uno un riñón y que casi se sarta un ojo plantándolo, no; ese no tira pa arriba, las jaras sí, el ciruelo no, las jaras por tos laos, el ciruelo tomar por culo; Y na más que trae bichos todo eso, que uno está harto de matar aracranes; que luego viene el Pescolo que es el peor de todos y el que más lidia da, y se distrae levantando piedras y sacando al aire todos los aracranes de la comarca que, por supuesto, se vienen al chalé de uno, que para eso lo tiene. Y si hablamos del vilorión de su hermano ya ni te cuento, con el tirachinas y la escopetilla de plomos todo el santo día trayendo a casa bichos reventados y con los ojos colgando, que tiene toda la casa oliendo a gangrena; que nada más que le falta traerse a su amiguito JoséBelardo que está todo el día metido en las zarzas cogiendo grillos, que parece un salvaje los ojos que se le ponen cuando le preñan la gata escuálida que tiene malviviendo en una cajucha de galletas, que dice que es su “pequeña mansión de la gata”, será posible... y luego viene a traerme moras mendigosas todas aplastadas y hediondas; que hay que ver el asco que da el asilvestrao ese cuando sonríe enseñando hasta el último migajón masticao de lo que quiera que se haya comido a lo largo del día; Y el muy cerdo me dice “tito”, como si hubiera cariño entre nosotros, ...que más tiros de sal que le pegao a este engendro no los he dao en mi vida…anda que no he gastao yo ná con el bicho ese… que como me descuide, el día menos pensado voy a tener que salar la sopa metiéndole el codo dentro..
Que asco de niño, de verdad, pero que asquísimo.
Como si no supiera yo quién me roba las naranjas guachis por la noche.. que no se puede estar tranquilo ni en el chalé de uno zostiaas...
De esta noche no pasa que pongo el cepo para osos en el naranjo, fijo. Que está tan rumiento que na más que lo miras te entra un tetanazos de morirte... Por cierto, el tétanos es eso que te mueres mordiéndote la lengua mientras te asaltan superdolorosísimas convulsiones ¿verdad? Sí, yo creo que sí ...¿Aviso a los chiquillos?.. nooo ..¿para qué molestarles? ..si les tengo prohibidísimo acercarse al naranjo guachi ¿verdad que se los tengo prohibido?... sí, claro que sí..., bajo ningún concepto se atreverían a desobedecerme...noooo, no se les ocurriría ni locos no, jamás en la vida…que si algo son es eso, obedientes…que yo es decirles una cosa y faltarles tiempo pa hacerla... Bueno, bueno, bueno, me parece que mañana va a ser un día espléndido, sí señor, espléndido.

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